sábado 27 de febrero de 2010

Y salí. Y sentí cómo un dulce frío rozaba mi cuerpo casi desnudo y húmedo. Respiré ese aire helado que enfría y resfría poco a poco mi interior, consiguiéndolo. Miré y vi desde las alturas, imaginé y creé, creí. Cerré los ojos y se abalanzaron contra mis oídos murmullos de coches, de coches y de gente, gritos de gente con poca conversación. Y me abracé; me acaricié para darme el calor que el tiempo me estaba robando sin siquiera yo querer evitarlo. Me incliné de espaldas sobre la barandilla mojada y las primeras gotas de agua comenzaron a danzar sobre mis mejillas, posándose en mi boca, acariciando mi pelo, deslizándose por mi cuello y haciéndome sentir un poco más yo, un yo sin división, más vivo y menos perdido.
Y entré. Y el calor me devolvió la confusión.