No hace falta que un reloj te grite que estás dejando pasar el tiempo sin oponerte.
No es ni tan siquiera necesario mirar por la ventana para darte cuenta de que ahora ya no es antes ni es ahora.
No hay que esperar a que alguien entre por tu puerta para demostrarte que ayer ya se quedó atrás.
Y es que no quiero despedidas que me obliguen a estar pendiente de ese reloj, que no me dejen apartar la mirada de la ventana y me mantengan en la espera impaciente de que abran por fin mi puerta.
Pero si es inevitable, si tiene que ser, sólo pido una cosa: que el adiós dure poco, o no dure nada.

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