sábado 25 de julio de 2009

Esto también es una historia.

video

Fotografías: secuencias del relato de una vida.

Este vídeo está repleto de ellas, de imágenes con las que intento inmortalizar, como muchos de nosotros, mi vida y sus momentos.

¿Artísticas? No sé si lo serán, pero muchas, a mí me lo parece. No porque sean mías, claramente, sino porque yo lo digo, pues el arte está en los ojos de quien mira, y en estos momentos, las estoy viendo yo.

No es el blanco y negro lo que las hace especiales, ni tampoco el sepia. No son los recortes ni los contraste. Es lo que uno puede ver, lo que siente, lo que le transmite. Es eso y todo lo demás. Es eso y nada.

viernes 24 de julio de 2009

No puedo más.

¿Qué hacer cuando se está cansada de todo? Estar y no estar. Dar y no dar. Tener y no tener. Sentir, no sentir. No importa, todo es hastío. Repetición. ¿Qué hacer cuando crees que no tienes nada que hacer? Estas, y no están. Das, y no dan. Tienes y no tienen. Sientes pero no sienten. Una contrariedad cuanto menos. ¿Qué hacer cuando todo se vuelve del revés? No estás, y si embargo están. No tienes y tienen. No sientes pero ellos sienten. ¿Qué hacer? ¿Estar, no estar? ¿Dar, no dar? ¿Tener o no tener? ¿Sentir o no sentir? Arg, mejor callar.

jueves 25 de junio de 2009

Doce Espinas

Hay una ventana justo enfrente de él, y sobre el cristal se dibujan finas trenzas de agua, plasmadas poco a poco a medida que la lluvia cae en el exterior. La calle, tan fría y yerma como un beso de hielo, parece observarlo aún más que él a ella, una mirada ausente, inerte... en medio de un rostro inexpresivo. No ha dejado de llover.Nunca lo ha hecho.Es abril. Un solo mes, cientos de vivencias, miles de recuerdos... y también decenas de golpes, ira, rabia, punzadas hirientes rebosantes de dolor. La habitación está vacía, a excepción de un viejo cuadro sobre una de las paredes, y una deshilachada alfombra medio enrollada sobre el suelo. El reflejo del hombre se dibuja en el cristal: arrugas, ojeras, y un flequillo lacio y alborotado que cae sobre su frente. No parece que haya nada que decir. Él la ha vuelto a hacer callar con sus propias manos. Una vez más.Como tantas otras.Sus manos, tensas y venosas, descansan a ambos lados del cuerpo, sujetando algo invisible... o quizá sujetándolo a él. Los brazos son musculosos, semienvueltos en una camisa de botones desabrochados y mangas subidas en las que se aprecian manchas rojizas. De repente, los dedos se arquean sobre las manos, llenas de llagas y heridas, hasta terminar aquellos por cerrarse bruscamente como una araña que cierra las patas sobre su presa. Su espalda se torna rígida, convulsa, mientras la tela de la camisa a punto está de rasgarse por la tensión y el odio acumulados.Una tímida lágrima se asoma a cada ojo. Él vuelve su mirada hacia una puerta cerrada de la habitación, pero sólo dura un instante, un mero reflejo de su indecisión, y pronto vuelve a situar su cruel mirada sobre el gélido cristal. Antes ha restregado sus ojos con ambas manos, eliminando todo rastro de compasión, de piedad, y permitiendo así que la sal de sus lágrimas se incruste en las heridas... dejando brotar una sangre espesa y brillante de ellas.Las palabras retumban en su mente. Débil. Cobarde. Mátala. Asesino. Una voz débil reprocha, mientras otra más grave parece azuzarle todavía más. Los delirios son flechas que sobrevuelan su cerebro, clavándose en las paredes de alrededor en medio de sonoros zumbidos. Y en medio de la batalla, se escucha un quejido, alguien que llora. Se oyen pasos al otro lado de las paredes, en medio de un silencio a gritos, suavemente difuminado por el tintineo del agua de lluvia en la calle que riega suelos, paredes y techos.Huele a miedo, y a dolor. Mucho dolor. La habitación de al lado... donde otra espina fue clavada hace tiempo.
A esa otra, ella la llamó marzo.
Su propio reflejo bañado en agua la paralizaba. Mientras observa su rostro tras la ventana, ve cómo lágrimas y lluvia se acompasan para bailar unidas; cada vez va arreciando más.
Siente dolor y pena. Resignación. Tristeza. Una vez más, la espina no venía con rosa.
Acurrucada, con sus frágiles muñecas entrelazadas, removiéndose intranquila, recuerda un pasado que envenenó su presente: aquel día en que le dijo sí, y en el que gritó en silencio no. Le miraba a los ojos, vidriosos y desencajados. Notaba cómo la mandíbula se le dibujaba más prominente, y cómo su rostro parecía haber envejecido. Sin mediar palabra, su ya marido le agarró del pelo, esa sedosa melena que tanto había cuidado para el gran día, y tiró de ella como si de un inerte muñeco se tratase. La empujó contra la pared, cerca de la puerta que minutos antes hizo de enlace, y comenzó a tocarla, suave y bruscamente a la vez. Al verse acorralada, Ariadne dijo no, pero para él, desde este día le pertenecía... su cárcel. Una cárcel de espinas.
Reprochándose su error, golpea contra la pared su puño enrojecido por tintes de perdón; por sangre, la suya. Pero… ¿y si no fue una equivocación? ¿Y si tal vez, el amor, simplemente hace daño?
Ariadne no quería ni podía creer que aquel hombre que un día le prometió amor eterno, juró también golpes cada mes. ¿Era él, o ella la culpable? Dudas, preguntas, más dudas. Todas asaltaban su mente en busca de algo que no tenía: respuestas.
Desde la puerta escucha los pasos desolados de su amado y verdugo. El único que puede poner fin a su aflicción.
La lluvia se para. Ya no hay tormenta.
En horas, terminará marzo.
Él ya ha dejado de mirar por la ventana. En la temprana calle, canta un gallo, y rasga el alba.
Los pasos del hombre hunden el suelo mientras se dirige hacia la puerta que les separa. No hay piedad en sus pensamientos, ni duda en su mente acristalada. El odio le acompaña, acariciando su rostro y borrando todo rastro de piedad. Todo recuerdo sembrado. Todo amor cultivado... de frutos amargos.
La puerta no ha resistido el envite, abriéndose como un abanico de papel. Ella está allí, de pie, y lo mira una vez más. Nunca ha dejado de hacerlo.
Un puño envenenado de ira surca el aire, traspasando carne, huesos, y alma. No ha impactado... no ahora. Él vuelve a mirarla: aún sigue allí. Mira sus manos enrojecidas, y la carne de ella, pálida y trémula como el primer día, pero aún así intacta. Hoy no será una espina más, sino la última de muchas otras.
Asustado, él retrocede. Mira a su alrededor sin reconocer la habitación. El miedo está ganando la partida al odio, que poco a poco es arrinconado en su mente. Ella no dice nada, permanece allí estática. Las paredes comienzan a temblar, a cambiar, adoptando la forma de otra habitación diferente a la que se encuentran. El día se torna noche, y la cama junto a ellos se envuelve con una colcha blanca de bordados dorados.
Las lágrimas brotan de los ojos de él, que aún no entiende lo que sucede. Su boca está entreabierta, mientras su lengua balbucea palabras incomprensibles.
Es un último recuerdo que el odio no ha conseguido borrar. La noche de bodas. Hay un ramo de rosas sobre la cama. Ella, la ella de aquel entonces, está tumbada en la cama, vestida de blanco, agonizando. Él ve un doble de sí mismo golpeándola, golpes salvajes que salpican de sangre el vestido y la colcha. Con cada daño, con cada ofensa, una rosa del ramo cae de la cama. Una tras otra, todas... menos una.
Una rosa de doce pétalos. Una rosa de doce espinas.
Él dijo quererla. Él se casó con ella. Él la golpeó, y él la mató.
Su doble no siente piedad, y ella acaba de morir en sus brazos. Él retrocede, mira sus manos, pero no hay ninguna piedad. No hay dolor en su férrea alma.
Su verdadero yo cae de rodillas al suelo. Después de doce meses, ha recordado la atrocidad. Las lágrimas inundan su cara, goteando sobre el suelo como un río sin fin. Un cauce de dolor que su alma ya no navegará más.
- Lo siento.
El hilo de voz conmueve al destino. Ella toma un hálito de vida momentáneo, insuflado por su arrepentimiento. Abre los ojos, y le observa. Sabe que todo está perdido, ella ya murió, y él sólo es un recuerdo de lo que pudo ser. Pero aún así, le ha perdonado, y le dedica una última sonrisa en su tierno y trágico adiós.
Él intenta acariciarla, atusar su pelo, pero ya es tarde. Ella y su doble ya no están allí, la escena se ha difuminado, permaneciendo sólo él, su verdadero yo.
Entonces la ventana acristalada vuelve a dibujarse frente a él. Ella está allí, en el reflejo. Sonriendo. Él sabe que el perdón implica una última cosa, un último deseo. Un último esfuerzo, y volverán a estar juntos para siempre.
El cristal no ha sido capaz de oponer resistencia al brutal impacto de su cuerpo, que cae y choca contra el suelo de la calle en medio de un mortífero golpe.
Ella lo esperaba allí, con los brazos abiertos. Siempre lo hizo.
Con la última rosa, esa que no llegó a caer de la cama... aún en su mano.

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Este relato no existiría sin una gran ayuda, una inmensa inspiración.
Ya lo sabes.

sábado 4 de abril de 2009

Petite mort.



Ariadne: Nunca pensé que diría esto. Te quiero.
Isaac: ¿Pero acaso sabes qué es querer? No puedes sentirlo. Ya no tienes corazón.
Ariadne: Pero, ¿te estás oyendo? ¡No puedes decirme eso!
Isaac: Me estoy escuchando, sí, y muchas han sido las veces en que lo he pensado. Sabes tanto como yo que tu alma huyó con él hace ya mucho tiempo; y con ésta, también el verbo amar. ¿Cómo entonces voy a creerte?
Ariadne: No puedo decirte más. Es cierto que mi corazón desapareció, pero no por ello se fugó. Lo que parecía un "adiós", fue tan sólo un "hasta luego". Mi alma nunca se fue, sólo se escondió.
Isaac: Y entonces… ¿ahora?
Ariadne: Ahora ha vuelto a aparecer. Ahora ya vuelve a latir. Sé que te cuesta confiar en mí, pero por favor, acércate y dime. ¿No la oyes sentir?


Silencio.


Y si no estar seguro significa olvidar, qué más da lo que piense, qué más da si es verdad, pues saber que no estarás, que no sabré si es sí, si es verdad, es muerte en vida, es saltar a un final.


Tú y yo.


Con esos besos robados del infierno, con las miradas penetrantes de placer. Roces, caricias, palabras, caricias; susurros inaudibles en tu piel.


Un suspiro, mil latidos, dos suspiros, mil latidos.


Pues acércate. Abraza mi almohada. Lucha conmigo en la cama y entremos en guerra, dulce lujuria de amor. Le petite mort.


Respira, y siente mi aroma en tu ser.


Muere y revive después. Ven, aléjate, vuelve pero vete. ¿Qué haces que no apareces? Huye, regresa. Sal de la vida, entra en ella. Aquí, allí.


No, y también sí.

martes 28 de octubre de 2008

Prisión de soledad

Me sentía presa de una cárcel abierta, sin final.  Lo que creía era la puerta de mi libertad, era únicamente la salida a una nueva entrada, la entrada a una salida que nunca alcanzaba vislumbrar. 

Pero no todo eran penas, no; también tenía compañía, la amistad que propicia una alegre vida y un amargo punto y final. Lágrimas, sudor y penas hacían siempre de mi sombra, no me abandonaban, y eran quienes expiaban la desolación.

¿Cómo puedo quejarme pues, si yo, la soledad, nunca estoy sola?

jueves 3 de julio de 2008

Este es el aire

El aire que mis ojos consiguen vislumbrar,
es la luz que sólo un ciego puede ver.

"Me toca, me llama, me mira, me tienta".

Son los gritos que sólo un sordo llega a oír.

"Me ama, me odia, me insulta, me adora".

El aire que mis ojos consiguen vislumbrar,
es la sensación que sólo un inerte puede, llega y quiere apreciar.

miércoles 2 de julio de 2008

Ven, inspiración

¿Qué hacer cuando no llega la inspiración? Últimamente creía que era causa del estrés, de los exámenes, del no tener tiempo para pensar en nada relativo a esto. Por ello, me creé unas expectativas erróneas a la hora de pensar que, llegado el verano, comenzaría a escribir como nunca antes lo había hecho. El caso es que llegaron los días calurosos sin nada que hacer y, ahí lo tenéis, eso es lo que pasó, el tedio y la rutina se apoderaron de mí, y ahora son los que me crean impotencia a la hora de combinar dos palabras en una misma línea. Por esto, intento desesperadamente buscar el método infalible para que mi ex compañera, la creadora, aparezca de nuevo y se siente a mi lado mientras escribamos sinceras, sin trabas que ensucien la verdad, esos delirios que, simplemente, me hacen sentir a gusto con mi Yo más íntimo. Seré una egoísta, tal vez, pero lo necesito para confiar en mí, para encontrarme de una vez, para saber lo que hacer. Ahora, me siento perdida, me miro al espejo y no reconozco esa mirada; pero pronto, compañera, vendrás a visitarme y emprenderemos el camino de vuelta hacia la persona, mí persona, juntas, como nunca antes habíamos imaginado. Seguro...